Los que honraron a Murcia con su
pluma
El Romancero Murciano
Autor: José Martínez Tornel
No
voy, en este romance,
corno alguno pensará,
a meterme en las honduras
de la gran cuestión social;
no voy a citar los textos
de Proudhom, o de Bastiat;
voy, aunque sencillamente,
a explicar
la propiedad.
Cuándo
era el hombre un salvaje
—según el pacto social—
y, con su zamarra al hombro,
iba de acá para allá.
¿quién puede negar que eran
suyos, y de nadie más,
la zamarra que llevaba
y el fruto que pudo hallar?
Si luego juntó un rebaño,
y a la vida pastoral
se dió de otero en otero,
buscando el valle feraz
y las amenas riberas
de el ganado apacentar,
¿de quién sería el vellón
y el nevado recental,
y cuanto diese el rebaño
de valor y utilidad?
Sí después con dura reja,
en la tierra virginal.
fecundo seno abrió en surcos
y arrojó el grano al azar,
¿de quián eran las espigas
rubias que los trigos dan?
Si alrededor de una fuente,
u orilla de su raudal,
plantó galanos frutales
y les puso valladar,
¿no pudo decir, mirándolos,
«son míos, de nadie más?
¡Claro!: con el primer hombre
nace ya la propiedad,
y después con el trabajo
el derecho individual.
Crió
el mundo de la nada
Dios por su inmensa bondad,
y de él hizo un paraíso
de belleza sin igual:
puso en él al primer hombre,
esto es, al primer Adán,
con una mujer tan guapa
que era una moza hasta allá.
«Creced y multíplicaos
y todo el mundo llenad»:
—así, a la buena de Dios,
dijo el Padre celestial
a aquel primer matrimonio,
cuna de la humanidad—
y sea que no lo oyeron
o que quisieron faltar,
ello es que desde el principio
lo hicieron bastante mal,
y al fin las cosas pararon
en lo que habían de parar:
que Dios llamó al primer hombre
y le dijo «Ven acá:
ni paraíso, ni gloria,
sin ganarlos, gozarás;
y con sudor de tu frente
desde hoy comerás el pan»
Este
castigo primero
fué luego ley natural,
que se cumple por los siglos
en la progénie de Adán.
Ley
del hombre es el trabajo
tan sabia y providencial,
que aunque dura y enojosa
derrama felicidad:
ella es origen del bien
y perenme manantial
de salud, contento, dicha,
y de perdurable paz:
ella es la causa innegable
de la santa propiedad,
que hace la vida del hombre
perdurable e inmortal,
pues desde el sepulcro frío,
de la muerte más allá,
aun vive siendo cariño,
abrigo, consuelo y pan,
de sus cuartos nietezuelos
que libra de la orfandad.
¡Bendito sea mil veces,
bendito el don
celestial,
sin el cual no existirían
familia ní sociedad!
Y
esto no lo digo yo
por defender mi «piojar»,
que mi
tierra está en la Habana ,
si no es que está más allá.
Aquí tengo varías casas,
y entre ellas el Hospital,
y en la Puerta de Castilla
y en la de Orihuela están
Ios dos cercados que tengo
para mandarme enterrar,
y también soy propietario
del valle de josafat.
Pero
tengo, yo se dónde,
una tierra tan mollar,
que en ella, lleno de rosas,
todo el año
hay un rosal.
En sus hojas perfumadas
escrito por Dios está:
«Que las riquezas del alma
son Amor, Fé y Amistad.
EN
SAN BLAS
Autor: José Martinez Tornel
Con
un cordón de San Blas
se hacen dos almas un cuerpo;
dos corazones se entienden
con un tallo de romero,
y en queriéndose dos bien
con que uno tome alimento
basta y sobra, según dicen,
y yo lo creo y lo apruebo.
Se compra un cordón de seda
para un torneado cuello,
se pone en él con cariño
y al descansar sobre el pecho,
el cordón es ya cadena,
suave yugo, lazo tierno:
que esto tienen los cordones
bendecidos por el cielo.
Sujete usté a una mujer
con eslabones de hierro,
sujétela usté con joyas;
con vestidos, con dinero;
y
se le irá del amor,
del cariño y del afecto,
como se le escapa a un niño
el matizado jilguero
que ha comprado por dos cuartos
en la plaza de
San Pedro.
Porque el dinero no vale
para comprar lo que es bueno.
¿Habrá alguno por el mundo
que diga: yo niego eso?
¿Qué
es lo grande de la tierra?
¿Qué
placeres los supremos?
¿No
es la virtud lo mejor?
¿No
es hacer bien el intenso
y
gran goce déla vida?
¿No
son los grandes portentos
del
arte y sus maravillas
lo
que nos sube a los cielos?
¿No
es la poesía, la música,
lo
que fuere el sentimiento?
¿No
es lo que no es material
por
lo mismo de no serlo
lo
que nos hace olvidar
las
miserias de este suelo?
Pues
eso no hay en el mundo
para
pagarlo dinero.
Yo
fuí testigo casual
y
puedo contar el hecho:
era
la noche del miércoles,
y
justamente en el puesto
que
hay frente de la botica
de
Santa Eulalia, cayeron
estos
dos amantes tórtolos
a
que me voy refiriendo
El
le dijo:—«Escoje tú»,
y
ella contestó;— «No quiero,
el
que sea de tu gusto
ese
me pongo yo al cuello»
—Pues
deme usté aquel más grande.
—Hombre,
no, que yo lo quiero
para
llevarlo de verás;
y
ponerme ese adefesio...---
—«Pues,
entonces toma éste» —
dijo
él, sacando del pecho
uno
de esos bendecidos
que
no tienen otro mérito.
—«Este
es el que quiero yo»
—dijo
la del pelo negro,--
y
fijando en él sus ojos,
con
un mirar dulce y tierno,
a
las puntas del cordón
les
hizo un nudo pequeño,
se
lo echó por la cabeza,
lo
rodeó por su cuello,
y
por bajo del vestido
y
por dentro de su pecho
lo
ocultó muy cuidadosa
ahondando
un poco sus dedos.

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