domingo, 18 de mayo de 2014

PEROLATA
de JUAN PORRONES, arcarde  perráneo de este partió a toos los avecinaos del mesmo.

CABALLEROS. —Cuando veo que los hombres se hacen plazos buscando gente que vote ar que quie ser deputao; cuando defiso que por mandar se reparten fostachones, pasteles y mistelas, digo llo pa mis adrentos: aquí hay anguna entruchá y er negocio tié busiles. Y digo esto, caballeros, porque son tantas las esazones, que llevo dinde que tengo en mi casa la vara e la justicia, que si a ser posible juera, me desagenaba de ella, por muncho menos tabia de lo que hizo aquel que vendió a su suegra, que al ser preguntao por uno: ¿Cuánto quié osté por ella? —De osté es, le contestó.
Lla sabéis las destruciones que vengo dando tos los años, pa devitar las asnas que la gente borrachiza y otras llervas, suele cometer en prejuicio de las presonas que salen a devenirse ellas en estos días de carrestolendas; tamien sabeis, que he pidió siempre obedencia a la moral y al cóigo en toas sus partes, castigando con juérza al que llevao de su arbullo y valiéndose de impróquitas despresiones, sa premitío trocear por angun puesto la honra de las zagalas. Pero lo que no sabéis, porque tavia no lo e icho, es lo que voy a icir abora, pa que veais si hay presonas que debían ir a presillo a arrastrar una caena por sus malas dentinciones. Pos señor, es pus el clauso, que paece que un lechubino llamao Periquio Laenseña, junto con angunos otros se ifrazaron de osos con zamarra de borrego, en el año ca pasao; y pa su devertimiento iban tirando higos secos compuestos con mecinas e botica, desas que aflojan el cuerpo: más de cuarenta zagalas les seguían al principio chillando: ¡aquí! ¡aquí!... y con afleuto: allí jué; porque encima lo llevaban. ¡Máere mía y qué tronío! Empezaron a aflojarse las clabijas al guitarro, y aquellos no eran zagales, po icen que en un menuto se gorvieron marraniquios, llegando dasta tar punto la cosa que cuando mi autoriá intievino en er negocio, no queaban más que las sombras de angunos de los muchachos.
Y abora pregunto llo a los hombres de concencia: ¡Caballeros! ¿Se llama aqui devertirse er trocar a las presonas en estáutas o feguras y hacer de ellas aletria? Pero no hay que dalle guerras. O los hombres han perdió el celebro de la cabeza, o es que están atacaos de truchina marrana, quió icir, que tién busanos, y busanos e menuo; porque si esto asín no juera habría más respleuto a la ley, las borlas del perráneo tendrían tóa la juerza que deben tener en la vara; aunque juamos por las calles como nuestro paere Adán, naide se metería con naide, u to lo más y a lo sumo, solo nos preguntaríamos por la céula e vecindá .
Remato sobre este punto, porque estoy esazonao y el suor me cae a chorros: lo tengo icho otras veces y aboa mesmo lo remacho. Si golviera a remanecerse la mano negra, aquella de en tiempo e la morisma, tengo llo acá en mis adrentos, que habría quien haría con ella picaillo pa pelotas, o se las metería en la faja pa jubar él por busto a las purruchinelas.
En vista de cuanto llevo desinao y teniendo presente que a este negocio sa mester dalle un corte, prenuncio el siguiente:

B A N D O

Artículo 1.° Sabiendo que estos días se escuergan en la zuidá muchas manás de rateros, que con la suavidá er flauto se introucen en toos puestos a dalles garrote vil a los relojes que encuentran, encargo a cualsiquiera presona que coja anguno en el ato, que lo eje escapar sin hacelle daño anguno, pero precurando siempre quearse con la mano imprenda, pa metella en aguardiente, porque icen que es cosa güeña pa matar el busaniquio.
Árt. Los amos de cafeses, pastelerías y fondas, y otras casas de bebía, harán por servir de varde a tuiquios los forasteros de juera, que de los pueblos vengan a las máscaras, teniendo estos impués el cudiao, antes de salir par pueblo, de pagar la cuenta al mozo, pa devitar hablaurías y mordeuras de concencia.
Art. 3.° Las mujeres que pa tener atraitivo, suelen ponerse en partes que llo me callo, tuicas las cercetas viejas que han de echar a la cola, usando lluego tamien de mirás prevocativas pa esazonar al hombre y llevallo a mala rauta, han de tener mu presente que no vengan con pucheros pidiéndome indilugencia...
Art. 4.° Como en este año pasao murieron muchos zagales de sustos y alferecías al desfisar el Infierno que llevaba los demonios, debo llo abora dicir pa que no halla regomello y que aconteja lo mesmo con otras creaturiquias que tuiquios eran presonas, y que el del rabo más grande, icen que era er maestro Merlas.
Art. 5.° Encargo a tuiquios mis avecinaos que, antes de venir a estas junciones hagan tener corriente lás céulas y volatines que llo ya les tengo daos, remanientes al amillonamiento, esclafando en ella dasta los latíos que den los alimales en er día, porque solo de esta moa habrá rebaja en las contruciones y saldrán a mucho menos tuiquios los que no vargan a más.
Remate. A fin de que los arguaciles, guardas rulares, vrigilantes y demás gentes que a mi autoridá pretenejan puedan vrigilallo tóo, sin prejuicio e sus presonas, en el memento defisen anguna riña, o custión en que se repartan palos, bocaos, o puñalás, echarán mano a los sabres con tuiquio el aquer del ese, se quitarán los farrucos y apretarán a correr de la moa que lla saben.
                                                                                                                                       JUAN PORRONES.

EL ÁRBOL PROHIBIDO

1936 CUENTO HUERTANO


Antón Cerriche, vecino de la Herrera, tenía un geniazo que no le cabía en el cuerpo, y en cuanto a socarrón, no había que pedir más.
Como el hombre había «melitao», y había visto a Cabrera a un tiro de escopeta, cuando volvió a la Herrera y tomó por su cuenta unas tierras de su padre, acequia de Barriomar por medio, se sentía cabo primero en lo de mandar y ordenar «de ande diere» y a «Dios te la epare güena», como él decía.
Tenía en sus bancales las mejores higueras de la huerta, y una, en particular, era su orgullo mayor.
Daba el socorrido árbol unos higos de talón de muerto, que eran cordiales, y unas brevas, sobre todo, que ya las quisiera el rey en día de repique gordo.
Inútil será decir lo que daría que hacer a Cerriche la custodia de su higuera predilecta, la cual desarrollaba su majestuosa pompa a la orilla de una senda, para mayor tentación de chicos y grandes que por allí pasaban.
Y a Cerriche se le había puesto en los picos de la montera que aquella higuera era el árbol prohibió.
—El zagal u la presona mayor que quiá brevas, ahí tié higueras pa escoger, pero de esta... ¡ni el Emperaor de Ceuta!
En fin, se dio el caso de que a su mujer, hallándose en cierto estado, se le antojó una breva, la más hermosa, por supuesto, del árbol «prohibío» y no había camino de decírselo, temiendo que se enfurrunchara y echara el carro por el pedregal.
Una mañana, la mujer de Cerriche, perdió el regomello, y dijo a su marido lo del antojo.
Cerriche se rascó el cogote, se mesó el pelo hacia la frente, meditó sobre el peligro de que «lo que había de venir» pudiera sacar la breva deseada, y dijo a su costilla mirando a la higuera:
—¿Acuala?
—Aquella, miála—dijo la mujer.
—Güeno, pos déjala que maure.
Y no se habló más.
*
* *
Esto ocurría un domingo.
En las Puertas del Mercado vivía por aquel entonces un maestro sastre conocido vulgarmente con el remoquete de «E1 Maestro Pajuela», nombre debido al color de su rustro enfermizo y a su contextura enclenque.
Y por qué no aquella tarde, después de comer, se le ocurrió a Pajuela dar un paseíto por la huerta. Anda que te anda, el buen sastre dio con sus piernas en la Herrera.
Lo demás ya lo habrán adivinado los que conozcan la ocurrencia.
Pajuela entró en la senda de Cerriche, y se quedó con la boca abierta ante la prodigiosa higuera y su exuberante fruto.
—¡Vaya una breva!—exclamó mirando la más hermosa de aquella rica colección.
Y acompañando la acción al deseo ¡zas! le dio un bastonazo y cayó la breva.
*
* *
Más de la mitad llevaba engullida Pajuela, cuando Antón Cerriche, que había entrado a dar una vuelta a las novillas, apareció echando chispas por les ojos y acariciando una gruesa vara de almendro.
— Olla osté, güen hombre. ¿Ande cogió osté la breva?
— De esta higuera.
—¡Maere mía! ¡La que icía Sunción! ¡Pos a ponella ande estaba!
—Dispense usted, pero...
—Na, na, ¡a corgalla!—decía echando atrás el armado brazo, como disponiéndose a romperle el espinazo al pobre sastre.
— Quiere decir que si vale algo se paga y en paz. ¿Qué vale la breva?
— Como valer vale un Perul; pero pa escarmiento va osté a darme diez reales.
Y tira de aquí, tira de allá, el maestro Pajuela, no halló más medio de escapar con la espina en su sitio que entregando diez reales a Antón Cerriche.
El huertano se quedó refunfuñando, y Pajuela se volvió a Murcia diciendo:
Pues, señor; buena breva, ¡pero cara!
*
* *
Transcurrieron algunos meses.
Un jueves vino Antón al mercado y se compró tela para unos pantalones, prenda que solía usar los domingos desde que se acostumbró a ella en el cuartel.
Con el lio de la tela en la mano entró en una sastrería de las Puertas del Mercado.
—Dios guarde—dijo mirando al maestro con interés y como diciendo para sí: —Me paece que esa cara la he visto en alguna parte.
— Y a usted también—contestó el maestro, que a la sazón tomaba las medidas a un niño como de nueve años.
—Aquí trayo esto pa que lo corte osté, maestro. Si pué ser, de contao.
—¿Pantalón?
— Calzones, sí señor; y si osté quiere, me espero.
Y Pajuela, aturdido, dejando a medias, la operación de las medidas del muchacho, comenzó a tomárselas al tío Antón, diciendo mentalmente:
—Con la vara te mediría yo las costillas ¡so bruto!
Sin revelar su enojo, el sastre tiró varias tijeretadas, y en un dos por tres despachó a Cerriche diciéndole:
—Catorce reales.
—¡Mecate en crillas!—exclamó Antón ¡Cuando yo digo que esta cara, la he visto en otra parte!
Antón acababa de reconocer al churubito de la breva, y se contentó con decir mientras echaba mano a la faja y tiraba de la manilla:
—¿Ni un chavo menos?
—Catorce reales—contestó a secas el sastre.
Puso Cerriche los dineros sobre el mostrador, se apretó la faja, y cogiendo el corte, salió diciendo socarronamente:
—Valla quosté con Dios...
*
* *
Al mercado siguiente y cuando menos podía Pajuela esperar la visita del huertano, apareció este en la sastrería con el lío de la tela y le espetó la siguiente repalandoria:
Maestro: Que una presona le cobre a otra diez reales por una breva... pué pasar. Que otra presona lleve a un probé catorce reales por cortalle unos calzones...tamién pué pasar. Pero que en ves de calzones hayan salió dos fundiquias pa er paraguas... ¡eso ya no pué pasar!
El maestro Pajuela se puso verde, y comprendió al momento lo que había ocurrido.  ¡Con las medidas del muchacho había cortado los pantalones de Cerriche!
Qui o el maestro dar una explicación; pero Cerriche, con el lío en la mano, tomó la puerta diciendo:
—¡Tuiquio eso son cantamusas! ¡Sa rematao!
—Pero... escuche usted.
—¡Que no ascucho, ea! Cuando osté quiá brevas, ya sabe ande vivo.

                                                                                                             J. F. B.

domingo, 27 de enero de 2013

Nostalgia del ayer


¡QUE REDACTARÍA HOY VIENDO NUESTRO BANDO DE LA HUERTA!


Al escribir un prólogo para este pequeño libro, acude á mi memoria el triste recuerdo que palpita en, las páginas siguientes: el de mi difunta madre. 

Educada por las franciscas-verónicas de Murcia, pasó del apartamiento del claustro, al retiro, casi absoluto entonces, del murcia­no hogar; y esto, aunque no estorbó que tuviese crédito de perfecta casada y de pluscuamperfecta madre, impidió que lucieran, como merecían, sus dotes literarias. Con ex­celente gusto critico formado por la asidua lectura de nuestros ascéticos, a que se aficionó Muy temprano, con una imaginación potente hasta lo sublime y candorosa hasta lo pueril, tan fácil de lengua como de pluma, mi madre hablaba mejor que un abogado (decía mi padre) y escribió cartas, oraciones, elevacio­nes a Dios, y jaculatorias que no desmerecen, comparadas, de las buenas de Santa Teresa de Jesús. 

¿Era contradictorio que, con tan excelente preparación y tan depurado gusto, fuera gran entusiasta, mi madre, de nuestra literatura popular; que es, si alguna tenemos los mur­cianos, nuestra literatura panocha?... No puedo contestar la pregunta; porque yo, que heredé este entusiasmo, lo he acrecido hasta el punto de aficionarme a escribir la literatura oral de nuestros últimos panochos, no satisfecho con el recreo, puramente pasivo, que me pro­curaba leyendo bandos, soflamas, y perolatas, coleccionados y guardados por mi madre en su guardarropas de la salita ó en las arquillas de sus libros. 

¡Los últimos panochos!. ya lo saben los marcianos — únicos lectores para los que publico este libro, porque son también los únicos que le encontrarán sabor— el panocho se va, aunque el huertano queda. Los que recorran el hermoso valle de tres leguas de largo, cuyo talweg marca el Segura; entre los millares de huertanos, vestidos hoy de pantalones y blusas, cubiertos con sombreros hongos y calzados con botas, los domingos; apenas encontrarán algunos ejemplares reza­gados del tipo que se pierde, de aquel panocho con alpargates y calcetas, amplio zaragüelle blanco ó calzón ajustado a la rodilla, faja roja encendida como el fondo de la manta, chaqueta de cuello recto y tiro corto para que no cubra la faja, y de delanteros estre­chos para que luzca el jubón arrugado por el peso de la colgante botonaura é plata; de aquel panocho en cuya cabeza, como símbolo de las dos civilizaciones que habían concurrido a formar el tipo, sobre el pañuelo liado que recuerda el turbante, iba bien la monteriquia, transformación ventajosa de la caperuza cas­tellana. 

Y las mujeres?... ¡ Tipos de la tierra mía! dije, una vez, señalando a un artista ilustre, cuadritos de Picolo. —Sí, ya se ve, contestó, esta es la huertana rica, claro; y esta, su criada. — ¡Ah, no! esa es la huertana antigua, la panocha; esta, la huertana de hoy... ¡Qué diferencia! Aquella, con su moño de picaporte, sus grandes rizos a la cara, su collar de aljo­far ó de corales y sus vistosas arracadas pendientes casi hasta el cuello;... aquella, deste­llando color de su traje ordinario, en que combinaba los tonos más vivos, y destellando luz de su traje de fiesta: bordado pañuelo que cubre apenas los hombros, bajo del que aso­ma, terminada en encajes, breve manga de camisa que deja el brazo desnudo; armador alto, bordado, que apenas basta a sostener el opulento pecho; zagalejo en que el bordado se desborda, y cada lentejuela apenas halla sitio, zagalejo breve que permita ver y no estorbe el movimiento del pie incansable en malagueñas y parrandas; pie calzado apenas por zapato de cara corta, cuajada de lente­juela y de falsa pedrería... ¡Ah! bien decía mi amigo, aquella huertana de entonces, que evoca los recuerdos del harem, no parece sino la señora de la huertana de hoy, vestida con blusa y zagalejo de percal obscuro, que haga extrañiquio , peinada con rodete, calzada por gran lujo, en fiestas y solemnidades, con bolillos de charol nominal y de efectivo hule. 

¡Las costumbres!... aquellas costumbres típicas, formadas durante siglos de aisla­miento en los que fermentaron las creencias y las supersticiones de dos razas, y se combinaron los usos de árabes, berberiscos, catalanes, aragoneses y castellanos... 

¡El lenguaje!...aquel habla que abrevia­ron tantas ilusiones y suavizaron tantas decisiones, y suavizaron tantas subrogaciones llenas de color y de expresión, en el hombre; poética, lánguida, voluptuosa en la mujer joven, en cuya boca las ll y las ch eran sonidos deliciosos, caricias del oído que producían indefinibles sensaciones... 

Hombres, mujeres, costumbres, habla de nuestra antigua huerta... lo que no ha pasado del todo, está concluyendo de pasar. En los primeros años del siglo XIX, casi todos los huertanos eran panochos; en los últimos, difícilmente se hallan ejemplares del tipo, que los etnólogos de la vigésima centuria habrán de estudiar en los cuadros y en libros como el presente. 

Y he aquí la excusa de una publicación, que tiene también otras. En ratos de agota­miento intelectual —mi profesión cansa mucho— cuando el entendimiento fatigado se negaba a más labor; en otros, cuando, como a quien hace vida tan retirada y sola, no le quedaba otros recursos contra mis crónicas tristezas que el pensamiento y la pluma; he dado suelta a la última para que aquel no se la tomara, y, sin advertirlo casi, he construido a pedazos la obra de este libro. Si conozco que agrada, lo haré seguir del cancionero panocho, que tengo en cuartillas, y de un vocabulario, cuyas papeletas me abruman, ya, por su número.

PEDRO DÍAZ CASSOU

miércoles, 28 de noviembre de 2012

BANDO "E la güerta sale el pan"


E la güerta sale el pan
Repalandoria q'un panocho "esprefolla" a su moó y manera, sobre las rautas c'ha tomao la vida moerna d'abora.
Primer premio en el concurso convocado por la Comisión del Bando de la Huerta,1961
Autor: José Muñoz Martínez
     Un poblema con estringulis
s'arremanecío en los pueblos
cuyo remate final
yo no acierto a comprendello.
Abora tós los zagales,
sin dintinción ni de sexos,
le ha dao la calentura
de la cencia y el pogleso;
s'han hecho tós churubitos
pa estudiar, sigún me pienso,
y en vés de coger la azá
pa cavar en los balbechos
y plantar las habichuelas,
la crillas y los pimientos,
se matreculan en Murcia
pa ser pilotos u méicos,
representantes d'Hacienda,
u forbalistas de esos
que a juerza de dar patás
recogen munchos dineros.
Otros s'hacen platicantes,
porque er negocio es mu güeno
y con abujas y frotes,
con pecilinas y enréos,
d'ésos que naide compriende
porque s'escriben en griego,
te jalupan toas las perras,
y, si te escuidas un pelo,
tiés que vender, pa pagalle,
la yegua torda y el cherro.
¿Ande vamos a parar
con este sistema nuevo
d'Estitutos y Cademias
en verano y en ivierno?
Bién está que el hombre estudie
si tiene caeza pa eso,
pos hacen farta presonas
pa risolver los enréos.
Pero que tós los zagales,
sean hijos de Juan u Pedro,
aprovechen pa estudiar...
en jamás paso a creerlo.
Lo c'hacen es margastar
sin temor ni regomello,
los ahorros de su páere
y los que dejó su agüelo,
que cuasi nunca comía
por dejarlo tó a su nietos.
En cuantí que van a Murcia
se ponen mu pintureros
se compran antojeras
d'ésas de cristales negros;
mercan chambis aplastáos
y juman tabaco güeno
que viene d'Ingalaterra
de Gibraltal y Toleo.
Entrenimientras su paere
ve q'el borsillo va a menos,
sin darse cuenta q'el hijo
no tié jelepa e talento.
Y cuando allega el verano
(el mes de junio en concleto)
se lleva unas calabazas
(es dicir un gran suspenso)
más verdes que las lechugas
del tío Perico el Moreno.
¿Es justo q'éstos zagales
c'asi se pasan er tiempo
continúen ésta vida
sin darle a naide provecho?
Porque sobran estudiantes,
y en la güerta faltan déos
pa manejar la picaza
y pa cuidiar los borregos,
pos si seguimos así
(mu pronto tós lo veremos)
naide querrá trebajar
por no sudar el chaleco,
y tuiquios querrán vivir
a costa del molecepio,
como guardias de la porra
u anque sea de barrendero.
La custión no es cavar
ni rastrojos ni balbechos,
vivir como los toristas
y tirarse güenos «tientos»
acompañaos de cirveza
y de pescaos pequeños,
d'esos que tién muchas patas
pero q'están mu regüenos.
Esta pandilla e zagales
que pa estudiar no tié seso,
que se vaya pa la Güerta
a recoger los pimientos,
a plantar crillas y coles
y a escardar los cirgüeleros,
q'és de la Güerta ande sale
la comía pa los cuerpos.

HE REMATAO

lunes, 26 de noviembre de 2012

BANDO de Emilio el de los Muebles 1952

BANDO
 Prencipio
Hay munchas reformauras
que el Molecipio enjareta
y que ya s-han puesto en turno
pa si la fecha le allega,
pero hay una c'hace farta
y tié que ser la primera
y es, que deben mercar
en cuanti pasen las fiestas
un motor litroginao
pa frabicarse lus-létrica
y quitar esos quinqueses
y las botellas con velas
y cuando haigan ristrinciones
no estará como una cueva
y espacharán papelotes
con más ú con menos priesa.
¿Es que es justo, recaliche
qu'en una casa como esa
no se frabiquen la lus
con los millones que entran?
A ver si mercan el grupo
pa que al trebajar se vea
porque Guillén el Melendes
con muncha razón protesta.

Segundo
Cuando allegue el mes de Mayo
anque no han dicho la fecha
van a bajar tos los precios
de las botas y esparteñas
el pritolio y el carbón
(porque la cosa está negra)
y en principal, la comia
que mercamos cuando hay perras.
Es que con tó este barullo
los intestinios flojean,
y como semos sencillos
no entendemos d'etriquetas
y nos hacemos un lio
cuando entramos a las tiendas.
Que si en Agosto eran diez
y abora en Abril, son treinta.
¡Caballeros! ¿Es que estamos
jugando a la coroneja?
¡Si han subio hista la basura!
Y si anguna vez se tercia
c'apeteces gotifarra
y quies mercar dos pesetas
te dá una patá el tendero
y t'cha juera e la tienda,
pos si a esto no dan un sejo
y no s'ataja a toa priesa
tendremos qu'ir con el plato
a la cocinilla ¡lecha!
Tuiquio lo han puesto mu caro.
¿Pero y la custión de telas?
Nus vestiremos con sacos
(que no haigan renio pimienta)
y s'le hacen tres bujeros
y palante ¡que puñema!
Aboca, si toas las cosas
es que las mandan d'ajuera
por el Canal de Soez
pos hay que tener pacencia
y asperar ha que lo monden
que sigún dicen va a priesa
y que enantes de seis años
dende luego esto s'arregla.

Remete
De las cosas que hay p´acer
ya tenemos una hecha,
y es, que los molecípales
abora van a la escuela
los miércoles por la tarde
dimpués c'han dormio la siesta,
¡Pero que nenguno farta
manque caiga en día d'fíesta!

El maestro Quintanilla
(que no esfisa a una galera
anque lleve dos caballos)
s'esclafa sus gafas recias,
tira dos u tres repullos
y espatarragao en la mesa
les da lección de franchute,
el Mericano de Mérica,
Hungaro, Italiano, Turco,
y el Indio cuando se tercia.
Pero la lengua panocha
dice que esa no la enseña
porque casi tos los juardias
son nacíos en la huerta.

Dende luego es güena cosa
porque asina ellos poglesan
y cuando allegue un torista
d'esos que vienen d'ajuera,
en cuanti anguno pregunte
ande para la Lorieta
ya nenguno s'aturulla
al dalle la expliecaera

Cuando el maestro les pregunta
remaniente a toas esas lenguas
y contestan deseguía
sin atrancarse siquiera,
les regala pirulises,
regalicia, pipas secas,
una onza é chocolate
dos rosquillas ó una trenza.
Y los niños, cuando salen
dicen tos, ¡mecache en brevas!
pos no es tan fiero el LEON
como lo pintarrajean.
¡Angelitos de mi alma!
¡Que criaturiquias más güenas!
Y como ya están criaos
no necesitan chupeta
porque hay munchos c´han cumplio
por lo menos, los cincuenta.

HE DICHO
Volvemos a los años cincuenta, como demuestra este BANDO de Emilio de los Muebles, que describía la situación de la época

martes, 20 de noviembre de 2012

El Liberal 16 de abril de 1933, página 4

Panochos farseficaos
Cá cosa en su lugar
¿Quién ha dicho que er panocho
pué ser un Charló de circo
y un presonaje grotesco
capás d' hacer er redículo?
Quien lo diga es un ceporro
que tié en er celebro sisco,
un anarfabeto en llatras,
un morral y un prevertío.
Er panocho, caballeros,
sin que sea alabanza ecillo,
tié de clón u de fantoche
lo que yo tengo d' obispo;
y hay angunos de nosotros
c' anque no sean mu leidos
tién más jubo en la mollera
que bastantes churubitos
que suben a las carretas
der Bando p' hacer el indio.
Porque la gente se riya
con los bandos que dicimos
y al ascuchar las soflamas
se retuerza y eche el higao,
dista sartársele er muelle
como a anguno ha sucedío,
no quié dicir ni por pienso
que seamos unos cochinos,
y no sepamos midir
distancias que siempre ha habío
entre er respeto sociar,
la moral y otros motigos.
Lo que pasa es que hay angunos
que en tó sacan el ombligo
y que icen que son panochos
porque prenuncian en «iquio»,
que confunden las gansás
con lo que nunca lo ha sio,
y nuestra gracia panocha
con la suciedá y los guiños.

Ya se yó que no hay cadencias
que l' espachen a uno er título,
y que pa escrebir romances
no es mester nengún premiso;
el que espunta en angún arte
tié libres tós los caminos;
y está bién que se proteja
ar zagal que sale listo
y que ar campo de las lletras
con saber y prencipios;
pero no a tos tontarrillas
con er celebro escurrío
y que ván a su negocio
p' anunciarse y darse pisto.
Si pa icir burrás sin gracia
no es mester nengún premiso,
yo, pa icir que son burrás
tampoco lo necesito.

¿Qué, dirá la gente e juera
que se traya aquí el turismo
p' apreciar nuestros festejos
y niestro Bando querío,
y que oya y lea ciertas cosas
que están juera e tó cevismo?
Pos dirán que semos moros
que se quearon escondíos
entre bancales d’ arfarfa,
cuando jueron a presillo
enterraos de tuiquia España
por blafemos y asesinos,
Una cosa es la pimienta
que ponen en sus escritos
los trovaores panochos
que tién celebro y sentío,
—y sin la cuar no tié sarsa
ni mélis er mejor guiso—
y otra cosa esos reondeles
ande er mocho tié su oficio,
que la polecía, ubrana
recoje en unos carriquios...

Tó lo comentao aqui arriba
es argo que ya está dicho;
pero siempre es comeniente
dalle otro gorpe ar cambío,
pa que apriendan de una vés
los que inoran por lo visto,
que la payasá y el arte
son argo que es mu destinto,
y que el Bando de la Güerta
siempre jué festejo dirno
de que le dieran su nombre
trovaores de prestigio,
que hicieron de él un retablo
de nuestro tesoro artístico.
        Francisco Frutos