1936 CUENTO HUERTANO
Antón Cerriche, vecino de la Herrera, tenía un geniazo
que no le cabía en el cuerpo, y en cuanto a socarrón, no había que pedir más.
Como el hombre había «melitao», y había visto a Cabrera a
un tiro de escopeta, cuando volvió a la Herrera y tomó por su cuenta unas
tierras de su padre, acequia de Barriomar por medio, se sentía cabo primero en
lo de mandar y ordenar «de ande diere» y a «Dios te la epare güena», como él
decía.
Tenía en sus bancales las mejores higueras de la huerta,
y una, en particular, era su orgullo mayor.
Daba el socorrido árbol unos higos de talón de muerto, que
eran cordiales, y unas brevas, sobre todo, que ya las quisiera el rey en día de
repique gordo.
Inútil será decir lo que daría que hacer a Cerriche la
custodia de su higuera predilecta, la cual desarrollaba su majestuosa pompa a
la orilla de una senda, para mayor tentación de chicos y grandes que por allí
pasaban.
Y a Cerriche se le había puesto en los picos de la
montera que aquella higuera era el árbol prohibió.
—El zagal u la presona mayor que quiá brevas, ahí tié
higueras pa escoger, pero de esta... ¡ni el Emperaor de Ceuta!
En fin, se dio el caso de que a su mujer, hallándose en
cierto estado, se le antojó una breva, la más hermosa, por supuesto, del árbol
«prohibío» y no había camino de decírselo, temiendo que se enfurrunchara y
echara el carro por el pedregal.
Una mañana, la mujer de Cerriche, perdió el regomello, y
dijo a su marido lo del antojo.
Cerriche se rascó el cogote, se mesó el pelo hacia la
frente, meditó sobre el peligro de que «lo que había de venir» pudiera sacar la
breva deseada, y dijo a su costilla mirando a la higuera:
—¿Acuala?
—Aquella, miála—dijo la mujer.
—Güeno, pos déjala que maure.
Y no se habló más.
*
* *
Esto
ocurría un domingo.
En las Puertas del Mercado vivía por aquel entonces un
maestro sastre conocido vulgarmente con el remoquete de «E1 Maestro Pajuela», nombre
debido al color de su rustro enfermizo y a su contextura enclenque.
Y por qué no aquella tarde, después de comer, se le
ocurrió a Pajuela dar un paseíto por la huerta. Anda que te anda, el buen
sastre dio con sus piernas en la Herrera.
Lo demás ya lo habrán adivinado los que conozcan la
ocurrencia.
Pajuela entró en la senda de Cerriche, y se quedó con la
boca abierta ante la prodigiosa higuera y su exuberante fruto.
—¡Vaya una breva!—exclamó mirando la más hermosa de
aquella rica colección.
Y acompañando la acción al deseo ¡zas! le dio un
bastonazo y cayó la breva.
*
* *
Más de la mitad llevaba engullida Pajuela, cuando Antón
Cerriche, que había entrado a dar una vuelta a las novillas, apareció echando
chispas por les ojos y acariciando una gruesa vara de almendro.
— Olla osté, güen hombre. ¿Ande cogió osté la breva?
— De esta higuera.
—¡Maere mía! ¡La que icía Sunción! ¡Pos a ponella ande
estaba!
—Dispense usted, pero...
—Na, na, ¡a corgalla!—decía echando atrás el armado
brazo, como disponiéndose a romperle el espinazo al pobre sastre.
— Quiere decir que si vale algo se paga y en paz. ¿Qué
vale la breva?
— Como valer vale un Perul; pero pa escarmiento va osté a
darme diez reales.
Y tira de aquí, tira de allá, el maestro Pajuela, no
halló más medio de escapar con la espina en su sitio que entregando diez reales
a Antón Cerriche.
El huertano se quedó refunfuñando, y Pajuela se volvió a
Murcia diciendo:
Pues, señor; buena
breva, ¡pero cara!
*
* *
Transcurrieron algunos meses.
Un jueves vino Antón al mercado y se compró tela para
unos pantalones, prenda que solía usar los domingos desde que se acostumbró a
ella en el cuartel.
Con el lio de la tela en la mano entró en una sastrería
de las Puertas del Mercado.
—Dios guarde—dijo mirando al maestro con interés y como
diciendo para sí: —Me paece que esa cara la he visto en alguna parte.
— Y a usted también—contestó el maestro, que a la sazón
tomaba las medidas a un niño como de nueve años.
—Aquí trayo esto pa que lo corte osté, maestro. Si pué
ser, de contao.
—¿Pantalón?
— Calzones, sí señor; y si osté quiere, me espero.
Y Pajuela, aturdido, dejando a medias, la operación de
las medidas del muchacho, comenzó a tomárselas al tío Antón, diciendo
mentalmente:
—Con la vara te mediría yo las costillas ¡so bruto!
Sin revelar su enojo, el sastre tiró varias tijeretadas,
y en un dos por tres despachó a Cerriche diciéndole:
—Catorce reales.
—¡Mecate en crillas!—exclamó Antón ¡Cuando yo digo que
esta cara, la he visto en otra parte!
Antón acababa de reconocer al churubito de la breva, y se
contentó con decir mientras echaba mano a la faja y tiraba de la manilla:
—¿Ni un chavo menos?
—Catorce reales—contestó a secas el sastre.
Puso Cerriche los dineros sobre el mostrador, se apretó
la faja, y cogiendo el corte, salió diciendo socarronamente:
—Valla quosté con Dios...
*
* *
Al mercado siguiente y cuando menos podía Pajuela esperar
la visita del huertano, apareció este en la sastrería con el lío de la tela y
le espetó la siguiente repalandoria:
Maestro: Que una presona le cobre a otra diez reales por
una breva... pué pasar. Que otra presona lleve a un probé catorce reales por
cortalle unos calzones...tamién pué pasar. Pero que en ves de calzones hayan
salió dos fundiquias pa er paraguas... ¡eso ya no pué pasar!
El maestro Pajuela se puso verde, y comprendió al momento
lo que había ocurrido. ¡Con las medidas
del muchacho había cortado los pantalones de Cerriche!
Qui o el maestro dar una explicación; pero Cerriche, con
el lío en la mano, tomó la puerta diciendo:
—¡Tuiquio eso son cantamusas! ¡Sa rematao!
—Pero... escuche usted.
—¡Que no ascucho, ea! Cuando osté quiá brevas, ya sabe
ande vivo.
J.
F. B.
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