martes, 16 de septiembre de 2014

BANDO DE JOSE FRUTOS BAEZA - AÑO 1903

LA CORRESPODENCIA DE MURCIA

AÑO I                                               MURCIA: DOMINGO, 12 DE ABRIL DE 1903                         NÚM. 42


Bando de la Huerta
Las fiestas cívicas anunciadas para estos días, han dado comienzo esta mañana con la celebración del «Bando de la Huerta», que este año ha superado en mucho á los anteriores y ha resultado un ver­dadero éxito.
Han tomado parte en el popular y típico festejo, una carreta con varios niños y cuatro que repre­sentaban respectivamente una ca­labaza, una barraca, un molino de pimiento sin aceite y una Jarra.
Todas ellas han resultado muy bien, por lo que merecen un aplau­so los encargados de sacarlas.
En la barraca figuraban varias huertanicas auténticas, muy gua­pas por cierto, y tanto en ella co­rno en la calabaza, iban vestidos de panochos varios estimados com­pañeros nuestros en la prensa: y en la de la jarra, presidiendo la cabalgata huertana, el gran perráneo Pepe Frutos, autor del ingeniosísimo bando que en otro lugar pu­blicamos, -y luciendo descomunal bastos de mando.
En las calles de la carrera el gentío era numeroso, dándose lec­tura al bando mencionado y otros muy ingeniosos también, que eran celebradísimos por la concurrencia.
Desde uno de los balcones de la casa del poeta Carlos Cano, en la calle de Saurin, ha presenciado el Bando el insigne maestro Fernán­dez Caballero, al cual se ha tribu­tado una gran ovación, leyéndose en su honor bandos, pronuncián­dose peroratas y siendo obsequiado con viandas de diferentes clases.
El Bando del presente año ha sido del agrado general, por lo que felicitamos a la comisión organiza­dora, y muy especialmente al gran Frutos Baeza, alma del festival pa­nocho.
¡Hasta el año que viene!


SOFLAMA, descurso ú bando
ande se espicaza y engarbilla tuiquio lo conveniente al rallo ó juricion de esta perranía.

Yo, Perete Correntillas,
hijo de Facorro er Merla,
perráneo de horca y cuchillo
de la Condomina vieja;
con premiso de mi rabo
que llevo en esta carreta
á fin de que en la letura
sargan las cosas erechas
y no me se escape er punto
ni me se esfare una lletra,
á tós mis avecinaos
encarrucho esta lellenda
pa que aquér que se escarrile
y de la ley se eche juera
no me venga con pucheros,
ni gemios ni encomiendas,
que anque se clave de ruinas
lo eshago sin dalle audencia
y si nó espicha á estacazos
vá á presillo hista su suegra.
Conque estar aprecibíos,
apretarus las carcetas
y esto que aboca esperfollo
meterus en las orejas.

Primero. —Quea prohibío
intrucir aqui en la huerta
las copliquias der morrongo
ú el ratón, cabora se echan,
ni er canto de los lunares
ni munchas farfullas de esas
que cantan en er treato
esas timples ú serenas,
dándose restrujonciquios
dinde er coo hista las muñecas
pa encerrichar á los mozos
y ponellos hechos yesca.
Si arguno mentres trebaja
quié dalle busto á la lengua,
pué cantar el chungalá,
¡ay, maere, que noche aquella!
ú argo que no prejudique
ni á la moral ni á la esencia
y lo ascuche una zagala
sin sacalle las rosetas.

Segundo. —Cuando vayais
ca el amo á contalle penas
ú á pedille pa echar crillas
y pagar en la cosecha,
ejarus de regomellos,
andróminas y rodeas
que hay argunos que us alvierten
la intincion dinde la puerta,
porque les dais el Dios guarde,
lluego cojeis la montera
y con er deo más largo
comenzais á dalles güertas
ú empezais con rasquijones
po er cocote ú la caeza,
y al echar á platicar
us atajan con pamemas
iciendo que no hay un chavo,
que está tuiquio hecho la treinta,
y us gorveis pa güestras casas
tusturrios é vergüenza
y sin dos riales pa echar
un caliche si se tercia.

Tercero. —Si arguna máere
tié zagalas casaeras,
no premito que las deje
entrar en la moa esa
de apretarse los festios
por la erecha ú por la izquierda
pa que estaque la fegura
poezaga como si jueran
á jubar á la cos-cos
ú á echar un similisierra;
porque si arguien quié enterarse
de lo que esimulan ellas
que vaya ar cinematrófeno,
que allí está la Galatea.

Cuarto. —Advierto á los zagales
que mentres duren las fiestas,
y hasta que le arrimen juebo
al Brucano en la Lorieta
y esaparezcan las diosas
y esté Júpitre en pavesas,
nenguno irá por basura
á Murcia sin mi lisencia,
que en estos años de azaga
hubo más de una trigedia,
y vivo está pa contallo
er zagal der Moscaretas,
que se jué de madrugá,
ató la burra á una reja,
echó er probe embelesao
ezaga de una minerva
y cuando gorbió al partío,
gorbió sin mocho ni bestia
y trajo la picaciquia
por milagro, sigún cuentan.
Y tuiquio esto son trebajos
nacíos de galopescas,
pa que lluego impués las máeres
paguen las indilugencias.

Quinto y remato. —Man dicho
aboniquio y en reserva
que er negocio está tisnao
y la pulítica en gresca;
que Maula quié una embucha
en la votá que sacerca;
que er melistro de los barcos
tié ya su gente en la brecha
pa hacer juebo; que el inglés
hace la rufa por Ceuta;
y que los sordaos andan
con los fusiles acuestas
ispuestos á dalle ar deo
y armar una tronaera
pa que vayan los defuntos
por las calles en garberas.
Por tanto, así que esfiseis
que se arma la polvarea
dar esquinazo enseguia
y á correr pa la vivienda;
metelle mano ar busano,
y á cudiar bien de la sea,
á dalle mate ar cerriche,
á echar ingüento á las cherras
y ejar á los churubitos
que se arreglen como puean;
que ar fin y á la prepartia
pa er probre no hay más que leña,
y no cavila er que manda
mas que en subirnos la mencha
y que lluego en er fielato
nos punchen dista las brevas.
Guestro perrdneo del arma
PEPIQUIO FRUTOS BAEZA

domingo, 14 de septiembre de 2014

1780 EFEMÉRIDES NUESTRA SEÑORA DE LA FUENSANTA

El 14 de Agosto de 1780.— El Iltmo. Cabildo de la Santa Iglesia Catedral de Cartagena en Murcia celebra capí­tulo y acuerda, que la fiesta de la patrona Nuestra Señora de la Fuensanta, no tenga lugar en su ermita de la sierra como hasta dicha fecha, y dispone que el 9 de Setiem­bre próximo se traiga con sigilo aquella imagen a la ciudad de Murcia al convento de MM. Justinianas de Madre de Dios para que se lleve al Templo-Catedral donde se la haga la función de instituto y quede ya esto en costumbre para lo sucesivo.

sábado, 13 de septiembre de 2014

1919 Emilio de los Muebles

El primer bando de Emilio de los Muebles

año 1919

¡Caballeros! yo soy Arcarde
y que trallo la ceula becinal,
y anque de lletras no sé
si la primera es la 4
trallo más cencia aprendía
que matuchas tie un brazal,
pos güeno y como ahora
esto es de la autoridá
los han echao to a la coña
por no hacer una estruchá
me he cargao de cachaza
y me he dicho, mira Colás
no hagas Bandos al partío
por que lo mesmo les dá
a los mozos que eches bandos
u te tires al brazar,
asina, que en ver de Bandos
pachorra molecipal
y liciones y consejos
pa tó el que lo quiera tomar,
elante de las proseciones
no hechéis dando reculás
ni patás, ni arrempujones
ni chillios, ni espantás
no hacer barbecho en la calle
pa atajalla, y no empujar
y si hecháis anguna escarga
dicir que se güele a gas
iciendo que es un escape
ya podéis disimular,
aquí en el Bando sus digo
que no hagáis jujú ni na,
por que como las zagalas
ya véis que van amontás
pue caerse y fegurarse
si se quean arremangás
los chistes y chascarrillos
que tos los vais a endirgar,
en la guerrilla e las flores
muncho cudiao no tirar
to lo que pilles del suelo
que en la priesa de agarrar
cojéis con la flor chinarro
y hasta anguna moñiga
pa el Entierro de la Sardina
no sus quiero icir ná
abora no están las cosas
como en los años de atrás,
que vendrán munchos ceviles
y guardia de siguriá
serenos, y molecipales
pa caiga formaliá
de mo que si esfisais
las ninfas encaramás
amontás en las carretas
con la ropa esaflojá
no encomencéis a chillar
y ha icir cosas marranas
cuando estéis en la zudiá
si es canguno se enfurrucha
a mi lo mesmo me da
pero soy guestro Perráneo
y us debo de encarruchás
y pa rrematar, si el cuerpo
tie anguna neseciá
pos que se aguante el risuello
por que el Soto ya nu está
y si anguno de pasteles
se mete anguna embuchá
que precure sal de yquera
u manensia acansiná
con que ya sabéis, he dicho

sa rematao, no quea más

viernes, 12 de septiembre de 2014

Homenaje a los Panochistas en 1931


Es curioso el apreciar tiempos pasados, donde se reconoce la labor de aquellos, que con su ingenio ensalzaban a Murcia


domingo, 18 de mayo de 2014

PEROLATA
de JUAN PORRONES, arcarde  perráneo de este partió a toos los avecinaos del mesmo.

CABALLEROS. —Cuando veo que los hombres se hacen plazos buscando gente que vote ar que quie ser deputao; cuando defiso que por mandar se reparten fostachones, pasteles y mistelas, digo llo pa mis adrentos: aquí hay anguna entruchá y er negocio tié busiles. Y digo esto, caballeros, porque son tantas las esazones, que llevo dinde que tengo en mi casa la vara e la justicia, que si a ser posible juera, me desagenaba de ella, por muncho menos tabia de lo que hizo aquel que vendió a su suegra, que al ser preguntao por uno: ¿Cuánto quié osté por ella? —De osté es, le contestó.
Lla sabéis las destruciones que vengo dando tos los años, pa devitar las asnas que la gente borrachiza y otras llervas, suele cometer en prejuicio de las presonas que salen a devenirse ellas en estos días de carrestolendas; tamien sabeis, que he pidió siempre obedencia a la moral y al cóigo en toas sus partes, castigando con juérza al que llevao de su arbullo y valiéndose de impróquitas despresiones, sa premitío trocear por angun puesto la honra de las zagalas. Pero lo que no sabéis, porque tavia no lo e icho, es lo que voy a icir abora, pa que veais si hay presonas que debían ir a presillo a arrastrar una caena por sus malas dentinciones. Pos señor, es pus el clauso, que paece que un lechubino llamao Periquio Laenseña, junto con angunos otros se ifrazaron de osos con zamarra de borrego, en el año ca pasao; y pa su devertimiento iban tirando higos secos compuestos con mecinas e botica, desas que aflojan el cuerpo: más de cuarenta zagalas les seguían al principio chillando: ¡aquí! ¡aquí!... y con afleuto: allí jué; porque encima lo llevaban. ¡Máere mía y qué tronío! Empezaron a aflojarse las clabijas al guitarro, y aquellos no eran zagales, po icen que en un menuto se gorvieron marraniquios, llegando dasta tar punto la cosa que cuando mi autoriá intievino en er negocio, no queaban más que las sombras de angunos de los muchachos.
Y abora pregunto llo a los hombres de concencia: ¡Caballeros! ¿Se llama aqui devertirse er trocar a las presonas en estáutas o feguras y hacer de ellas aletria? Pero no hay que dalle guerras. O los hombres han perdió el celebro de la cabeza, o es que están atacaos de truchina marrana, quió icir, que tién busanos, y busanos e menuo; porque si esto asín no juera habría más respleuto a la ley, las borlas del perráneo tendrían tóa la juerza que deben tener en la vara; aunque juamos por las calles como nuestro paere Adán, naide se metería con naide, u to lo más y a lo sumo, solo nos preguntaríamos por la céula e vecindá .
Remato sobre este punto, porque estoy esazonao y el suor me cae a chorros: lo tengo icho otras veces y aboa mesmo lo remacho. Si golviera a remanecerse la mano negra, aquella de en tiempo e la morisma, tengo llo acá en mis adrentos, que habría quien haría con ella picaillo pa pelotas, o se las metería en la faja pa jubar él por busto a las purruchinelas.
En vista de cuanto llevo desinao y teniendo presente que a este negocio sa mester dalle un corte, prenuncio el siguiente:

B A N D O

Artículo 1.° Sabiendo que estos días se escuergan en la zuidá muchas manás de rateros, que con la suavidá er flauto se introucen en toos puestos a dalles garrote vil a los relojes que encuentran, encargo a cualsiquiera presona que coja anguno en el ato, que lo eje escapar sin hacelle daño anguno, pero precurando siempre quearse con la mano imprenda, pa metella en aguardiente, porque icen que es cosa güeña pa matar el busaniquio.
Árt. Los amos de cafeses, pastelerías y fondas, y otras casas de bebía, harán por servir de varde a tuiquios los forasteros de juera, que de los pueblos vengan a las máscaras, teniendo estos impués el cudiao, antes de salir par pueblo, de pagar la cuenta al mozo, pa devitar hablaurías y mordeuras de concencia.
Art. 3.° Las mujeres que pa tener atraitivo, suelen ponerse en partes que llo me callo, tuicas las cercetas viejas que han de echar a la cola, usando lluego tamien de mirás prevocativas pa esazonar al hombre y llevallo a mala rauta, han de tener mu presente que no vengan con pucheros pidiéndome indilugencia...
Art. 4.° Como en este año pasao murieron muchos zagales de sustos y alferecías al desfisar el Infierno que llevaba los demonios, debo llo abora dicir pa que no halla regomello y que aconteja lo mesmo con otras creaturiquias que tuiquios eran presonas, y que el del rabo más grande, icen que era er maestro Merlas.
Art. 5.° Encargo a tuiquios mis avecinaos que, antes de venir a estas junciones hagan tener corriente lás céulas y volatines que llo ya les tengo daos, remanientes al amillonamiento, esclafando en ella dasta los latíos que den los alimales en er día, porque solo de esta moa habrá rebaja en las contruciones y saldrán a mucho menos tuiquios los que no vargan a más.
Remate. A fin de que los arguaciles, guardas rulares, vrigilantes y demás gentes que a mi autoridá pretenejan puedan vrigilallo tóo, sin prejuicio e sus presonas, en el memento defisen anguna riña, o custión en que se repartan palos, bocaos, o puñalás, echarán mano a los sabres con tuiquio el aquer del ese, se quitarán los farrucos y apretarán a correr de la moa que lla saben.
                                                                                                                                       JUAN PORRONES.

EL ÁRBOL PROHIBIDO

1936 CUENTO HUERTANO


Antón Cerriche, vecino de la Herrera, tenía un geniazo que no le cabía en el cuerpo, y en cuanto a socarrón, no había que pedir más.
Como el hombre había «melitao», y había visto a Cabrera a un tiro de escopeta, cuando volvió a la Herrera y tomó por su cuenta unas tierras de su padre, acequia de Barriomar por medio, se sentía cabo primero en lo de mandar y ordenar «de ande diere» y a «Dios te la epare güena», como él decía.
Tenía en sus bancales las mejores higueras de la huerta, y una, en particular, era su orgullo mayor.
Daba el socorrido árbol unos higos de talón de muerto, que eran cordiales, y unas brevas, sobre todo, que ya las quisiera el rey en día de repique gordo.
Inútil será decir lo que daría que hacer a Cerriche la custodia de su higuera predilecta, la cual desarrollaba su majestuosa pompa a la orilla de una senda, para mayor tentación de chicos y grandes que por allí pasaban.
Y a Cerriche se le había puesto en los picos de la montera que aquella higuera era el árbol prohibió.
—El zagal u la presona mayor que quiá brevas, ahí tié higueras pa escoger, pero de esta... ¡ni el Emperaor de Ceuta!
En fin, se dio el caso de que a su mujer, hallándose en cierto estado, se le antojó una breva, la más hermosa, por supuesto, del árbol «prohibío» y no había camino de decírselo, temiendo que se enfurrunchara y echara el carro por el pedregal.
Una mañana, la mujer de Cerriche, perdió el regomello, y dijo a su marido lo del antojo.
Cerriche se rascó el cogote, se mesó el pelo hacia la frente, meditó sobre el peligro de que «lo que había de venir» pudiera sacar la breva deseada, y dijo a su costilla mirando a la higuera:
—¿Acuala?
—Aquella, miála—dijo la mujer.
—Güeno, pos déjala que maure.
Y no se habló más.
*
* *
Esto ocurría un domingo.
En las Puertas del Mercado vivía por aquel entonces un maestro sastre conocido vulgarmente con el remoquete de «E1 Maestro Pajuela», nombre debido al color de su rustro enfermizo y a su contextura enclenque.
Y por qué no aquella tarde, después de comer, se le ocurrió a Pajuela dar un paseíto por la huerta. Anda que te anda, el buen sastre dio con sus piernas en la Herrera.
Lo demás ya lo habrán adivinado los que conozcan la ocurrencia.
Pajuela entró en la senda de Cerriche, y se quedó con la boca abierta ante la prodigiosa higuera y su exuberante fruto.
—¡Vaya una breva!—exclamó mirando la más hermosa de aquella rica colección.
Y acompañando la acción al deseo ¡zas! le dio un bastonazo y cayó la breva.
*
* *
Más de la mitad llevaba engullida Pajuela, cuando Antón Cerriche, que había entrado a dar una vuelta a las novillas, apareció echando chispas por les ojos y acariciando una gruesa vara de almendro.
— Olla osté, güen hombre. ¿Ande cogió osté la breva?
— De esta higuera.
—¡Maere mía! ¡La que icía Sunción! ¡Pos a ponella ande estaba!
—Dispense usted, pero...
—Na, na, ¡a corgalla!—decía echando atrás el armado brazo, como disponiéndose a romperle el espinazo al pobre sastre.
— Quiere decir que si vale algo se paga y en paz. ¿Qué vale la breva?
— Como valer vale un Perul; pero pa escarmiento va osté a darme diez reales.
Y tira de aquí, tira de allá, el maestro Pajuela, no halló más medio de escapar con la espina en su sitio que entregando diez reales a Antón Cerriche.
El huertano se quedó refunfuñando, y Pajuela se volvió a Murcia diciendo:
Pues, señor; buena breva, ¡pero cara!
*
* *
Transcurrieron algunos meses.
Un jueves vino Antón al mercado y se compró tela para unos pantalones, prenda que solía usar los domingos desde que se acostumbró a ella en el cuartel.
Con el lio de la tela en la mano entró en una sastrería de las Puertas del Mercado.
—Dios guarde—dijo mirando al maestro con interés y como diciendo para sí: —Me paece que esa cara la he visto en alguna parte.
— Y a usted también—contestó el maestro, que a la sazón tomaba las medidas a un niño como de nueve años.
—Aquí trayo esto pa que lo corte osté, maestro. Si pué ser, de contao.
—¿Pantalón?
— Calzones, sí señor; y si osté quiere, me espero.
Y Pajuela, aturdido, dejando a medias, la operación de las medidas del muchacho, comenzó a tomárselas al tío Antón, diciendo mentalmente:
—Con la vara te mediría yo las costillas ¡so bruto!
Sin revelar su enojo, el sastre tiró varias tijeretadas, y en un dos por tres despachó a Cerriche diciéndole:
—Catorce reales.
—¡Mecate en crillas!—exclamó Antón ¡Cuando yo digo que esta cara, la he visto en otra parte!
Antón acababa de reconocer al churubito de la breva, y se contentó con decir mientras echaba mano a la faja y tiraba de la manilla:
—¿Ni un chavo menos?
—Catorce reales—contestó a secas el sastre.
Puso Cerriche los dineros sobre el mostrador, se apretó la faja, y cogiendo el corte, salió diciendo socarronamente:
—Valla quosté con Dios...
*
* *
Al mercado siguiente y cuando menos podía Pajuela esperar la visita del huertano, apareció este en la sastrería con el lío de la tela y le espetó la siguiente repalandoria:
Maestro: Que una presona le cobre a otra diez reales por una breva... pué pasar. Que otra presona lleve a un probé catorce reales por cortalle unos calzones...tamién pué pasar. Pero que en ves de calzones hayan salió dos fundiquias pa er paraguas... ¡eso ya no pué pasar!
El maestro Pajuela se puso verde, y comprendió al momento lo que había ocurrido.  ¡Con las medidas del muchacho había cortado los pantalones de Cerriche!
Qui o el maestro dar una explicación; pero Cerriche, con el lío en la mano, tomó la puerta diciendo:
—¡Tuiquio eso son cantamusas! ¡Sa rematao!
—Pero... escuche usted.
—¡Que no ascucho, ea! Cuando osté quiá brevas, ya sabe ande vivo.

                                                                                                             J. F. B.

domingo, 27 de enero de 2013

Nostalgia del ayer


¡QUE REDACTARÍA HOY VIENDO NUESTRO BANDO DE LA HUERTA!


Al escribir un prólogo para este pequeño libro, acude á mi memoria el triste recuerdo que palpita en, las páginas siguientes: el de mi difunta madre. 

Educada por las franciscas-verónicas de Murcia, pasó del apartamiento del claustro, al retiro, casi absoluto entonces, del murcia­no hogar; y esto, aunque no estorbó que tuviese crédito de perfecta casada y de pluscuamperfecta madre, impidió que lucieran, como merecían, sus dotes literarias. Con ex­celente gusto critico formado por la asidua lectura de nuestros ascéticos, a que se aficionó Muy temprano, con una imaginación potente hasta lo sublime y candorosa hasta lo pueril, tan fácil de lengua como de pluma, mi madre hablaba mejor que un abogado (decía mi padre) y escribió cartas, oraciones, elevacio­nes a Dios, y jaculatorias que no desmerecen, comparadas, de las buenas de Santa Teresa de Jesús. 

¿Era contradictorio que, con tan excelente preparación y tan depurado gusto, fuera gran entusiasta, mi madre, de nuestra literatura popular; que es, si alguna tenemos los mur­cianos, nuestra literatura panocha?... No puedo contestar la pregunta; porque yo, que heredé este entusiasmo, lo he acrecido hasta el punto de aficionarme a escribir la literatura oral de nuestros últimos panochos, no satisfecho con el recreo, puramente pasivo, que me pro­curaba leyendo bandos, soflamas, y perolatas, coleccionados y guardados por mi madre en su guardarropas de la salita ó en las arquillas de sus libros. 

¡Los últimos panochos!. ya lo saben los marcianos — únicos lectores para los que publico este libro, porque son también los únicos que le encontrarán sabor— el panocho se va, aunque el huertano queda. Los que recorran el hermoso valle de tres leguas de largo, cuyo talweg marca el Segura; entre los millares de huertanos, vestidos hoy de pantalones y blusas, cubiertos con sombreros hongos y calzados con botas, los domingos; apenas encontrarán algunos ejemplares reza­gados del tipo que se pierde, de aquel panocho con alpargates y calcetas, amplio zaragüelle blanco ó calzón ajustado a la rodilla, faja roja encendida como el fondo de la manta, chaqueta de cuello recto y tiro corto para que no cubra la faja, y de delanteros estre­chos para que luzca el jubón arrugado por el peso de la colgante botonaura é plata; de aquel panocho en cuya cabeza, como símbolo de las dos civilizaciones que habían concurrido a formar el tipo, sobre el pañuelo liado que recuerda el turbante, iba bien la monteriquia, transformación ventajosa de la caperuza cas­tellana. 

Y las mujeres?... ¡ Tipos de la tierra mía! dije, una vez, señalando a un artista ilustre, cuadritos de Picolo. —Sí, ya se ve, contestó, esta es la huertana rica, claro; y esta, su criada. — ¡Ah, no! esa es la huertana antigua, la panocha; esta, la huertana de hoy... ¡Qué diferencia! Aquella, con su moño de picaporte, sus grandes rizos a la cara, su collar de aljo­far ó de corales y sus vistosas arracadas pendientes casi hasta el cuello;... aquella, deste­llando color de su traje ordinario, en que combinaba los tonos más vivos, y destellando luz de su traje de fiesta: bordado pañuelo que cubre apenas los hombros, bajo del que aso­ma, terminada en encajes, breve manga de camisa que deja el brazo desnudo; armador alto, bordado, que apenas basta a sostener el opulento pecho; zagalejo en que el bordado se desborda, y cada lentejuela apenas halla sitio, zagalejo breve que permita ver y no estorbe el movimiento del pie incansable en malagueñas y parrandas; pie calzado apenas por zapato de cara corta, cuajada de lente­juela y de falsa pedrería... ¡Ah! bien decía mi amigo, aquella huertana de entonces, que evoca los recuerdos del harem, no parece sino la señora de la huertana de hoy, vestida con blusa y zagalejo de percal obscuro, que haga extrañiquio , peinada con rodete, calzada por gran lujo, en fiestas y solemnidades, con bolillos de charol nominal y de efectivo hule. 

¡Las costumbres!... aquellas costumbres típicas, formadas durante siglos de aisla­miento en los que fermentaron las creencias y las supersticiones de dos razas, y se combinaron los usos de árabes, berberiscos, catalanes, aragoneses y castellanos... 

¡El lenguaje!...aquel habla que abrevia­ron tantas ilusiones y suavizaron tantas decisiones, y suavizaron tantas subrogaciones llenas de color y de expresión, en el hombre; poética, lánguida, voluptuosa en la mujer joven, en cuya boca las ll y las ch eran sonidos deliciosos, caricias del oído que producían indefinibles sensaciones... 

Hombres, mujeres, costumbres, habla de nuestra antigua huerta... lo que no ha pasado del todo, está concluyendo de pasar. En los primeros años del siglo XIX, casi todos los huertanos eran panochos; en los últimos, difícilmente se hallan ejemplares del tipo, que los etnólogos de la vigésima centuria habrán de estudiar en los cuadros y en libros como el presente. 

Y he aquí la excusa de una publicación, que tiene también otras. En ratos de agota­miento intelectual —mi profesión cansa mucho— cuando el entendimiento fatigado se negaba a más labor; en otros, cuando, como a quien hace vida tan retirada y sola, no le quedaba otros recursos contra mis crónicas tristezas que el pensamiento y la pluma; he dado suelta a la última para que aquel no se la tomara, y, sin advertirlo casi, he construido a pedazos la obra de este libro. Si conozco que agrada, lo haré seguir del cancionero panocho, que tengo en cuartillas, y de un vocabulario, cuyas papeletas me abruman, ya, por su número.

PEDRO DÍAZ CASSOU